Zona del monte arrasada por el fuego.
Zona calcinada tras el incendio.

El fuego arrasa Niebla y deja una pregunta incómoda: quién debía cuidar el monte antes de que llegaran las llamas

El incendio de Niebla vuelve a poner el foco en la prevención: un monte cargado de material combustible convierte el fuego en una amenaza extrema

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El incendio de Niebla, que comenzó el 6 de agosto en el paraje de Raboconejo, ha vuelto a mostrar el precio de enfrentarse a un gran fuego forestal cuando coinciden calor, viento, terreno complicado y abundante vegetación susceptible de arder.

Este martes, la estimación provisional de la Junta de Andalucía elevaba a más de 25.000 las hectáreas afectadas, mientras alrededor de 700 personas permanecían desalojadas y más de 650 efectivos combatían unas llamas que han alcanzado zonas de eucaliptal, dehesa, matorral y pinar.

Limpiar el monte no es dejarlo sin vegetación

La prevención forestal no consiste en arrasar el sotobosque. La propia Junta de Andalucía define la selvicultura preventiva como el conjunto de actuaciones destinadas a modificar la estructura de la vegetación para reducir el combustible y dificultar la propagación. Eso comprende crear y mantener cortafuegos y aplicar tratamientos selvícolas que rompan la continuidad de la vegetación.

La responsabilidad tampoco corresponde a una única Administración. La nueva Ley de Montes de Andalucía establece que propietarios y titulares de terrenos forestales, sean públicos o privados, deben realizar la gestión preventiva prevista en sus instrumentos de ordenación y, cuando estos no existan, ejecutar las actuaciones recogidas en los planes de prevención y en la planificación anual.

Los planes de prevención para terrenos forestales sin proyecto de ordenación tienen, con carácter general, una vigencia de cinco años, mientras Andalucía aprueba además una planificación anual de prevención, vigilancia y extinción.

Esa programación contempla tratamientos selvícolas, áreas cortafuegos, vías de acceso y puntos de agua, incluyendo trabajos que corresponden a los propietarios y sus plazos de ejecución.

La prevención, por tanto, no debería comenzar cuando aparece la columna de humo. El dispositivo INFOCA dispone en 2026 de vigilancia fija, móvil y aérea y de una red de 186 puestos desde los que detectar posibles incendios.

Lo ocurrido este verano obliga a poner el foco también en lo que sucede antes de que comience un incendio. La capacidad de respuesta durante una emergencia es decisiva, pero también lo son la prevención, el mantenimiento de las infraestructuras forestales y los tratamientos destinados a reducir la continuidad del combustible vegetal. En un escenario de altas temperaturas, sequedad y abundante vegetación susceptible de arder, esas actuaciones pueden resultar determinantes para dificultar la propagación del fuego.

Cuando arde demasiado combustible también aumenta el peligro para quien entra a apagarlo

El estado de la vegetación importa porque condiciona directamente el comportamiento del incendio. Cuando el fuego encuentra una masa vegetal abundante, seca y con suficiente continuidad para avanzar, puede ganar intensidad y velocidad y complicar las labores de extinción. Reducir esa carga y crear discontinuidades forma parte, precisamente, de las actuaciones preventivas destinadas a dificultar que las llamas progresen sin encontrar obstáculos.

En Niebla, además, viento, barrancos y fenómenos convectivos han favorecido focos secundarios incluso a kilómetros del frente principal.

No es únicamente una cuestión ambiental. Un incendio de comportamiento extremo amenaza viviendas y poblaciones y multiplica las dificultades de quienes trabajan dentro del perímetro.

En Niebla ha habido evacuaciones y las autoridades han llegado a priorizar la seguridad de los equipos terrestres ante determinadas condiciones del fuego.

También queda lo que no se contabiliza simplemente en hectáreas: pérdida de vegetación y hábitats, afección a la biodiversidad, daños sobre propiedades, ganado e infraestructuras y una enorme columna de contaminación.

La OMS advierte de que el humo forestal contiene partículas finas y otros contaminantes capaces de afectar a los sistemas respiratorio y cardiovascular. Los bomberos y trabajadores de emergencias están especialmente expuestos a quemaduras, lesiones e inhalación de humo.

Riotinto 2004: 22 años después, una cicatriz que obliga a preguntarse qué se aprendió

Huelva ya sufrió una advertencia devastadora. No fue hace 24 años, sino hace 22: en 2004, el incendio de Minas de Riotinto quemó 29.867 hectáreas entre Huelva y Sevilla y causó dos muertes. Por extensión sigue figurando como el mayor incendio forestal registrado en Andalucía.

La comparación resulta especialmente dura porque algunos lugares vuelven a aparecer sobre el mapa del fuego. Berrocal, golpeado entonces, se encuentra otra vez entre las localidades afectadas por la emergencia actual.

El incendio de Niebla ha alcanzado ya una dimensión que lo aproxima a aquella catástrofe, aunque su superficie definitiva no podrá conocerse hasta que el episodio termine.

Veintidós años deberían haber servido para interiorizar una evidencia: en un territorio mediterráneo sometido a incendios, la prevención es una tarea permanente, no una campaña de última hora. La legislación actual lo reconoce expresamente y obliga a planificar durante todo el año prevención, vigilancia y extinción.

Por eso, cuando termine la emergencia, además de determinar cómo comenzó el fuego, habrá otra cuestión que merece respuestas documentadas: qué actuaciones preventivas estaban previstas en los montes afectados, cuáles se ejecutaron, cuándo se realizaron por última vez y quién era responsable de cada una.

Solo con esos datos podrá determinarse si la prevención funcionó o si, 22 años después de Riotinto, una parte esencial de aquella lección volvió a quedar pendiente.