El día que 200 frailes frenaron una ejecución en Sevilla: la historia oculta de la Maldegollada
El escándalo que sacudió Sevilla en 1624: adulterio, Inquisición y una multitud que cambió el final
La historia de Sevilla, fijada por cronistas como Diego Ortiz de Zúñiga, Justino Matute y recuperada en el siglo XX por Manuel Barrios, conserva episodios donde la ley, la moral y la presión popular chocan sin matices.
Uno de los más conocidos es el de María, esposa del sastre Cosme Seguano, ocurrido en 1624 en el entorno de la antigua Alcaicería de la Seda, un enclave comercial de primer nivel en la ciudad barroca.
Un matrimonio desigual en la Sevilla del siglo XVII
La Alcaicería de la Seda ocupaba parte de la actual calle Hernando Colón y sus vías adyacentes. Era un espacio cerrado por arcos durante la noche y dedicado al comercio de artículos de lujo: tejidos, joyas y metales preciosos.
Allí tenía su negocio Cosme Seguano, sastre de origen catalán, conocido por su habilidad profesional y por un carácter reservado que no favorecía las relaciones personales.
En ese contexto aparece María, joven de gran notoriedad en la ciudad por su belleza y carácter. Las fuentes coinciden en señalar el revuelo que provocaba a su paso.
El encuentro entre ambos, cerca de la iglesia de San Isidoro, desembocó en un matrimonio que sorprendió por la diferencia de edad, superior a veinte años. La unión, sin embargo, se formalizó con rapidez.
Poco después, el equilibrio se rompió. María inició una relación con un militar de los Tercios, identificado como don Gonzalo. La situación, conocida en el vecindario, terminó por hacerse insostenible cuando ambos decidieron huir juntos.
En una ciudad donde el control social era intenso y la moral pública se vigilaba con rigor, el caso adquirió dimensión pública.
Del escándalo al Tribunal del Santo Oficio
Cosme, informado de la infidelidad, evitó inicialmente cualquier reacción. Sin embargo, la fuga obligó a actuar. Recurrió al Tribunal del Santo Oficio, que intervino con rapidez. María y su amante fueron detenidos y condenados a morir en la hoguera en la plaza de San Francisco, centro neurálgico de la vida institucional sevillana.
La fecha fijada fue el 23 de octubre de 1624. La ciudad siguió el proceso con expectación. Las opiniones estaban divididas entre quienes defendían la aplicación estricta de la ley y quienes cuestionaban la dureza de la pena. En ese contexto, apareció un actor inesperado: la comunidad franciscana del cercano convento Casa Grande de San Francisco.
El día de la ejecución, más de doscientos frailes salieron en procesión portando un Cristo y se dirigieron al lugar del suplicio. La intervención no estaba autorizada y generó tensión inmediata.
Los soldados encargados de la custodia dispararon para impedir el avance, causando heridos entre los religiosos. A pesar de ello, los frailes continuaron hasta situarse ante el condenado marido.
La presión popular y el desenlace
Los franciscanos apelaron directamente a Cosme para que concediera el perdón. Ante su negativa, recurrieron a una estrategia decisiva: dirigirse a la multitud. Según las crónicas, proclamaron que el marido había perdonado, generando una reacción inmediata del público, que se alineó con esa versión. La presión resultó determinante.
- ¡Ha dicho “yo la perdono, yo la perdono”!
Cosme replicaba gritando:
- ¡No, he dicho “no la perdono, no la perdono”!
Cosme intentó desmentirlo, pero su voz quedó superada por la de la multitud.
La situación derivó en una imposición de facto: tuvo que aceptar el perdón y asumir además el coste de la dote de María, condición necesaria para su ingreso en un convento como novicia. La ejecución quedó suspendida.
El destino de don Gonzalo fue distinto. Procesado por la justicia civil, fue condenado a galeras, donde falleció pocos meses después. Los frailes, por su parte, tuvieron que responder ante la Inquisición por su intervención, aunque no hubo consecuencias irreversibles.
La coplilla que se cantaba en Sevilla, ciudad ingeniosa, era:
Todos suplican a Cosme
Que perdone a su mujer,
Y él responde con el dedo:
- Señores, No puede ser.
El episodio dejó huella en la memoria popular a través de una copla que circuló durante años por la ciudad. También dio nombre a la llamada leyenda de la Maldegollada, término que en la época se utilizaba como sinónimo de ejecución.
La historia refleja un sistema judicial condicionado por la religión, pero también por la capacidad de la calle para alterar decisiones formales.