Real Fernando.

El emblemático barco que cambió la navegación en España vuelve a Sevilla 209 años después

Sevilla recupera una pieza de su historia naval con el regreso del Real Fernando al Guadalquivir

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La imagen de un barco de ruedas de palas surcando el Guadalquivir volverá a formar parte del paisaje sevillano. El Real Fernando, recreación del primer barco de vapor construido en España, ha regresado a la ciudad donde nació el original hace más de dos siglos.

Su llegada al Muelle de las Delicias supone la recuperación de uno de los episodios menos conocidos, pero más significativos, de la historia industrial y marítima de Sevilla.

La Fundación Nao Victoria ha confirmado el atraque de la embarcación en el puerto hispalense, donde afronta los últimos preparativos antes de comenzar su actividad en las próximas semanas.

El proyecto busca recuperar el legado de un buque pionero que convirtió a Sevilla en referencia tecnológica de su tiempo y que ahora reaparece adaptado a los estándares del siglo XXI.

Un barco que abrió una nueva etapa en la navegación española

El Real Fernando original fue botado el 30 de mayo de 1817 en el antiguo astillero de los Remedios, en Triana. Impulsado por vapor, se convirtió en el primer barco de estas características construido en España y protagonizó un hito decisivo para el transporte fluvial del país.

Pocas semanas después de su puesta en servicio inauguró la primera línea regular de pasajeros entre Sevilla, Sanlúcar de Barrameda y Cádiz. Aquella conexión redujo tiempos de desplazamiento y representó un salto tecnológico en una época en la que la navegación dependía todavía del viento y de la fuerza humana.

Su relevancia trascendió el ámbito técnico. El barco llegó a transportar a viajeros ilustres y quedó ligado al imaginario cultural del siglo XIX. Entre quienes conocieron aquella embarcación figuraron el escritor Washington Irving y Benito Pérez Galdós, que la incorporó posteriormente a sus Episodios Nacionales.

La nueva versión pretende rescatar ese patrimonio sin convertirlo en una mera reconstrucción estética. El objetivo ha sido reproducir la esencia del buque respetando su valor histórico y adaptándolo a los requisitos actuales de navegación.

Más de 30 meses de investigación y desarrollo

La recreación del Real Fernando ha requerido más de treinta meses de trabajo multidisciplinar. El proceso comenzó con una investigación histórica dirigida por Ignacio Fernández Vial, centrada en recuperar documentación, proporciones y características constructivas del barco original.

A partir de ese estudio, la firma de ingeniería naval GHENOVA elaboró modelos digitales y planos tridimensionales que permitieron trasladar el diseño histórico a una embarcación operativa.

El buque ha sido construido en Punta Umbría mediante una solución técnica que combina un casco de fibra de vidrio de alta resistencia con revestimientos de madera en cubiertas y elementos estructurales visibles. La fórmula busca garantizar durabilidad sin renunciar a la apariencia que caracterizó al histórico vapor sevillano.

El resultado es una embarcación de 32 metros de eslora, 10,6 metros de manga y 1,3 metros de calado, con una superficie útil de 600 metros cuadrados repartidos en dos cubiertas y capacidad para 150 pasajeros.

Un museo flotante impulsado por energía eléctrica

La principal diferencia respecto al barco de 1817 está en su sistema de propulsión. Donde antes había carbón y máquinas de vapor, ahora existe una tecnología completamente eléctrica destinada a reducir emisiones y ruido durante la navegación.

Aunque mantiene visualmente las tradicionales ruedas de palas laterales, el nuevo Real Fernando ha sido concebido bajo criterios de sostenibilidad. La intención es compatibilizar la recuperación patrimonial con un modelo de movilidad más respetuoso con el entorno urbano.

Tras varias fases de pruebas desarrolladas en distintos puntos de la provincia de Huelva, la embarcación ultima en Sevilla el acondicionamiento interior y los ajustes finales antes de abrir sus puertas al público.

La previsión es que funcione como espacio para actividades culturales, eventos y paseos por el Guadalquivir, incorporándose a la oferta turística de la ciudad. Más allá de su uso futuro, su regreso devuelve a Sevilla un símbolo de la innovación que un día nació en sus astilleros y que contribuyó a transformar la navegación española.

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