Un ingeniero agrónomo nunca olvidó lo que encontró en un cortijo cerrado en Écija, un 'aporte' y una manifestación del 'más allá'
Las inspecciones técnicas de inmuebles rurales suelen centrarse en el estado de las construcciones, la productividad de las fincas o la valoración de terrenos.
Pero, un ingeniero agrónomo, de 41 años, asegura que una visita profesional a un cortijo situado en las afueras de Écija, en la provincia de Sevilla, terminó convirtiéndose en una experiencia que todavía recuerda cada vez que entra en una vivienda deshabitada.
El episodio ocurrió mientras realizaba la valoración de una propiedad cerrada desde hacía más de veinte años tras el fallecimiento de sus últimos propietarios.
Una visita rutinaria a un cortijo cerrado desde hacía más de veinte años
Según el relato del técnico, el acceso a la finca se produjo con las llaves facilitadas por el administrador encargado de la herencia. La inspección estaba prevista para el mediodía, aprovechando una jornada de trabajo en distintos olivares de la campiña sevillana.
Al entrar en la vivienda, el aspecto general respondía a lo esperado en un inmueble que llevaba décadas sin uso. Los muebles permanecían cubiertos por sábanas, los objetos personales seguían en el mismo lugar y un calendario permanecía abierto en un mes de hacía más de veinte años, reflejando el tiempo transcurrido desde que la casa quedó definitivamente cerrada.
"Tenía un aire muy de casa antigua y con la protección contra el polvo como lo hacían nuestras madres o abuelas" recordaba José Antonio G.
Pero al llegar a la cocina encontró un detalle que rompía esa imagen de abandono. Sobre la mesa había un plato de migas servido, con un aspecto que, según explica, no coincidía con el estado del resto de la vivienda. No presentaba señales de deterioro ni acumulación de polvo similares a las del resto de las estancias.
El plato desapareció tras una breve salida al exterior
La primera explicación que manejó fue la posibilidad de que alguien estuviera utilizando el cortijo de forma ocasional. Ante esa sospecha revisó puertas y ventanas para comprobar si existía algún acceso reciente.
De acuerdo con su testimonio, todos los accesos permanecían cerrados desde el interior y mostraban signos de llevar muchos años sin abrirse. Sin cobertura telefónica dentro de la vivienda, salió unos minutos al exterior para intentar contactar con el administrador de la herencia y comunicar la situación.
Cuando regresó al interior, apenas diez minutos después, el plato ya no estaba sobre la mesa. El ingeniero asegura que recorrió nuevamente la cocina y el resto de las dependencias sin encontrar ninguna explicación que justificara su desaparición, buscando a un okupa o una persona que estuviera en el interior pero no encontró a nadie.
Pese a lo sucedido, continuó con la inspección técnica y completó la valoración de la finca sin reflejar este episodio en el informe profesional, al considerar que no guardaba relación con el objeto de su trabajo.
La explicación que recibió del administrador cambió su forma de afrontar estas visitas
Finalizada la inspección, el técnico decidió preguntar al administrador si conocía algún detalle sobre la historia reciente de la vivienda que pudiera ayudar a interpretar lo ocurrido.
La respuesta, según relata, hacía referencia a una costumbre mantenida durante los últimos años de vida de la antigua propietaria. Tras quedarse viuda, la mujer preparaba cada mediodía un plato de migas para su marido fallecido y lo dejaba sobre la mesa de la cocina como parte de una rutina que nunca abandonó.
Aquel plato fue "como si se manifestara ante mi, era físico, es algo de locos, aquello fue una manifestación del más allá" me dice con cierto nerviosismo.
El administrador también le explicó que, cuando los hijos acudían al cortijo durante los fines de semana para visitarla, encontraban habitualmente ese mismo plato colocado en el mismo lugar.
El ingeniero reconoce que nunca encontró una explicación satisfactoria para lo ocurrido durante aquella inspección. Desde entonces, afirma que cada vez que entra en un cortijo vacío comienza el recorrido por la cocina y dirige la primera mirada hacia la mesa "por si acaso" -dice-, un gesto convertido en hábito tras una experiencia que sigue recordando años después y que, según sostiene, marcó su manera de enfrentarse a este tipo de visitas profesionales.