Grupo de monjas rezando de rodillas ante el altar mayor del convento de Santa Paula.
Monjas en el convento de Santa Paula.

'Será marquesa, pero no ésa', la extraña profecía que marcó la historia de un convento en Sevilla

La misteriosa voz que sorprendió a unas monjas en Sevilla y cambió el destino de su convento

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Entre las historias transmitidas durante siglos en los conventos sevillanos, una de las más curiosas es la que rodea al monasterio de Santa Paula.

Allí, una frase escuchada durante la oración se convirtió en una leyenda que mezcla fe, providencia y memoria colectiva dentro de la tradición religiosa de la ciudad.

El origen de una de las leyendas más repetidas en torno al monasterio sevillano de Santa Paula se remonta a los primeros años de vida de la comunidad jerónima en la ciudad.

A finales del siglo XV, el convento fundado por doña Juana de Santillán y Guzmán había comenzado a atraer vocaciones y a consolidar una estricta vida religiosa inspirada en el ejemplo de Santa Paula y San Jerónimo.

Las monjas vivían con una disciplina marcada por la austeridad. Siguiendo el modelo de la santa romana del siglo IV, practicaban ayunos frecuentes, dedicaban largas horas a la oración y realizaban trabajos manuales para sostener la vida del convento. Aquella reputación de rigor espiritual pronto se extendió por Sevilla.

Sin embargo, el crecimiento de la comunidad pronto planteó un problema inesperado. El edificio inicial resultaba demasiado pequeño para albergar a todas las religiosas que deseaban ingresar. Las hermanas comenzaron entonces a rezar con insistencia para encontrar una solución que permitiera ampliar el monasterio.

Según la tradición transmitida dentro del propio convento, muchas religiosas creían que la ayuda llegaría de una marquesa que visitaba con frecuencia la casa.

Aquella mujer mostraba afecto por la comunidad y contribuía con limosnas, por lo que parecía lógico pensar que sería la protectora definitiva del proyecto.

Entre la leyenda y lo sobrenatural en Sevilla

Fue entonces cuando, de acuerdo con la leyenda sevillana, ocurrió un episodio que las monjas interpretaron como una intervención sobrenatural.

Mientras la comunidad religiosa -las monjitas- rezaba reunida, una voz inesperada rompió el silencio del oratorio. La frase fue breve pero desconcertante: «Será marquesa, pero no ésa».

El mensaje desconcertó a las religiosas. Si la benefactora no era la mujer en quien todas pensaban, ¿quién sería entonces la verdadera protectora del convento? Durante algún tiempo la frase quedó como un enigma repetido en el claustro.

La respuesta llegó poco después de manera inesperada. Doña Isabel Enríquez, descendiente de la casa real castellana y viuda del noble portugués Juan de Braganza, mantenía relación con el monasterio. Tras la muerte de su esposo, encontró consuelo espiritual en la comunidad jerónima.

Movida por esa cercanía, decidió ayudar a las religiosas en un momento clave para su historia. La noble asumió los gastos necesarios para construir la iglesia del convento y los coros, permitiendo que el monasterio pudiera crecer y consolidarse definitivamente.

Con el tiempo, la historia de aquella voz misteriosa quedó incorporada a la memoria del convento como una señal providencial. Para muchas generaciones de monjas, la frase anunciaba que la verdadera ayuda llegaría de una marquesa distinta a la que todos esperaban.

La leyenda ha sobrevivido durante siglos como una historia heterodoxa del monasterio sevillano. Más allá de su veracidad histórica, viene a hablar de la profunda espiritualidad que caracterizó a las primeras comunidades jerónimas y la convicción de que la providencia guiaba su destino.

Si bien el el convento experimentó numerosas reformas y cambios a lo largo de los siglos, aquel episodio siguió transmitiéndose entre las religiosas y los visitantes como una historia que mezcla fe así como la tradición sevillana. El relato también nos habla del papel decisivo que desempeñaron las mujeres nobles en la supervivencia de muchos monasterios.

En Santa Paula, la figura de Isabel Enríquez terminó vinculada para siempre a esa antigua profecía. Sus donaciones permitieron levantar espacios esenciales para la vida conventual y dejaron su memoria inscrita en el propio templo, donde reposan los restos de la noble y de su esposo.

Así, la breve frase escuchada en la oración se convirtió en una de las leyendas más curiosas del convento sevillano. Es una forma de recordarnos de cómo, en la historia de muchos monasterios, la frontera entre fe, coincidencia y tradición oral termina difuminándose con el paso del tiempo en el recuerdo y en el pasado.