La trágica historia real de la Susona: la joven sevillana que traicionó a su padre por amor
La leyenda de la Susona: traición, amor y penitencia en la Sevilla del siglo XV
En el corazón del Barrio de Santa Cruz, entre el Patio de Banderas y la Plaza de Doña Elvira, serpentea una calle estrecha y blanca que guarda una de las leyendas más sobrecogedoras de Sevilla: la historia de Susona Ben Susón, conocida simplemente como la Susona.
Donde hoy los turistas fotografían el azulejo con una calavera que preside la fachada de una casa, antaño se conocía aquel lugar con un nombre mucho más lúgubre: la calle de la Muerte.
El relato de la Susona se remonta al turbulento final del siglo XV, una época marcada por el conflicto entre las comunidades judía, cristiana y musulmana en una ciudad que era reflejo del crisol cultural andalusí.
Tras la instauración del Tribunal de la Inquisición en 1481, el miedo y la desconfianza se extendieron entre los conversos —judíos convertidos al cristianismo—, sospechosos a menudo de mantener su antigua fe en secreto.
Entre ellos destacaba don Diego Susón, un poderoso banquero sevillano de origen judío que, según las crónicas, encabezaba una conjura para recuperar el control de la ciudad junto a notables musulmanes.
En su casa, oculta entre los recovecos del Barrio de Santa Cruz, se fraguaba una rebelión que pretendía alterar el orden cristiano instaurado por los Reyes Católicos. Pero el destino del complot cambiaría por la traición más inesperada: la de su propia hija.
Susana Ben Susón, descrita por las fuentes como una joven de gran belleza y refinamiento, había conquistado con su presencia a los hombres más destacados de Sevilla. Su fama llegó hasta los oídos de un hidalgo cristiano, con quien inició un romance prohibido.
Atraída por la promesa de una vida en los círculos de la nobleza cristiana, Susona decidió confiar en su amante y contarle los planes secretos que había escuchado una noche en la casa de su padre. Aquella revelación selló su destino.
El hidalgo, consciente del peligro, avisó de inmediato a don Diego de Merlo, asistente de la ciudad y figura clave en la represión de las conspiraciones contra el poder cristiano.
En cuestión de horas, los principales líderes del complot fueron apresados, entre ellos el propio don Diego Susón. Días después, todos fueron ejecutados en la Horca de Tablada, uno de los lugares de ajusticiamiento más temidos de la época.
Cuando la noticia llegó a oídos de Susona, la joven quedó devastada. Rechazada por su amante y despreciada por su comunidad, buscó refugio espiritual en la Catedral de Sevilla, donde —según la tradición— fue bautizada y acogida por un convento de clausura.
Allí pasó el resto de su vida en penitencia, intentando expiar la culpa de haber provocado, aunque de forma involuntaria, la muerte de su padre.
La calle de la Muerte y la Susona en Sevilla
Sin embargo, su arrepentimiento alcanzó su expresión más extrema en su testamento. Susona dejó escrito que, tras su muerte, su cabeza fuera separada del cuerpo y colocada sobre la puerta de su casa, “para que sirviera de ejemplo a los jóvenes en testimonio de su desdicha”.
El macabro deseo se cumplió: su cráneo permaneció clavado durante décadas, visible para todo aquel que transitara por aquella calle, que desde entonces sería conocida como la calle de la Muerte.
Con el paso de los siglos, el horror se transformó en memoria. El Ayuntamiento de Sevilla mandó colocar en el lugar un azulejo con una calavera, símbolo de aquella mujer que encarna los dilemas morales y religiosos de una Sevilla dividida entre la fe, el poder y la pasión.
Hoy, la calle Susona conserva el aire misterioso de las leyendas que sobreviven al tiempo: una advertencia silenciosa sobre los efectos devastadores de la traición, pero también un recordatorio de la fragilidad humana en tiempos de intolerancia y fanatismo.
Aún al caer la tarde, cuando el sol se refleja sobre las paredes encaladas y el eco de los pasos resuena en el laberinto del Barrio de Santa Cruz, parece escucharse el suspiro de aquella joven que quiso redimirse para siempre. La Susona sigue allí, entre el mito y la historia, vigilando desde su esquina el paso de los siglos en la ciudad eterna.