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Carnaval de Cádiz.

La historia desconocida del Carnaval de Cádiz, cómo una prohibición lo convirtió en leyenda

Del veto de los reyes al aplauso del mundo: el increíble viaje del Carnaval de Cádiz

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El Carnaval de Cádiz, reconocido como Fiesta de Interés Turístico Internacional desde 1980 junto al Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, es mucho más que una celebración popular.

Es la expresión cultural más profunda de una ciudad que ha sabido convertir la ironía, la crítica social y el ingenio en una forma de arte.

Declarado Tesoro del Patrimonio Cultural Inmaterial de España y Bien de Interés Cultural (BIC) desde 2019, el carnaval gaditano representa una tradición viva que combina historia, música y resistencia popular.

Su origen se remonta a las antiguas fiestas paganas como las saturnales romanas y las bacanales griegas, aunque el cristianismo moldeó su carácter definitivo al vincularlo con la Cuaresma.

Durante los días previos a este periodo de abstinencia, el pueblo encontraba permiso para la risa, la sátira y el exceso.

De esta forma Cádiz convirtió el Carnaval en un ritual de equilibrio entre lo espiritual y lo terrenal, entre el pecado y la redención.

A partir del siglo XV, la influencia de los comerciantes genoveses dejó una huella profunda en la identidad de la fiesta.

Elementos como las caretas, las serpentinas o el confeti llegaron del carnaval italiano, adaptándose al espíritu andaluz.

Pero el gaditano no imitó, más bien se reinventó. Transformó la música, la poesía y el humor en herramientas de libertad, y así nació el carnaval más singular de España.

Las primeras referencias escritas datan del siglo XVI, en los textos de Agustín de Horozco, quien describió cómo las gaditanas se lanzaban flores durante las fiestas.

Los documentos eclesiásticos de 1591 y 1596 ya advertían a los religiosos sobre la necesidad de mantenerse alejados de aquellas celebraciones populares. Desde entonces, el carnaval se convirtió en una tradición difícil de contener.

El Carnaval de Cádiz, querido, esperado y hasta prohibido

Durante los siglos XVII y XVIII, las autoridades intentaron prohibirlo en numerosas ocasiones.

El rey Carlos I llegó a vetar el uso de máscaras en 1523, y las órdenes reales se repitieron una y otra vez.

Pero el pueblo de Cádiz, fiel a su espíritu libre, desobedeció cada mandato. Incluso los viajeros extranjeros como Henry Swinburne, que visitó la ciudad en 1776, quedaron impresionados por la intensidad y creatividad de las celebraciones.

El siglo XIX marcó la consolidación del carnaval moderno. Surgieron las primeras agrupaciones musicales, con sus coplas satíricas, y el Ayuntamiento empezó a regular las letras para evitar “excesos”.

En el año 1884, las agrupaciones debían presentar sus canciones para ser autorizadas, dando origen a una forma primitiva de censura.

No obstante esta medida permitió conservar un valioso archivo de letras y nombres de grupos, testimonio de una tradición que no dejó de crecer.

Fue también en esta época cuando Cádiz influyó en otros carnavales andaluces, como el de Isla Cristina, gracias al intercambio comercial y cultural.

Cuando Antonio Rodríguez Martínez, conocido como El Tío de la Tiza, compuso himnos inmortales como Los Claveles (1896) y Los Anticuarios (1905), cuyo tango Los duros antiguos se convirtió en símbolo eterno del espíritu gaditano.

Durante la Guerra Civil, el carnaval fue prohibido, pero nunca desapareció. Los gaditanos lo celebraron en secreto, aferrados a su identidad.

En 1947, tras la tragedia de la explosión de San Severiano, la ciudad encontró en el canto una forma de sanar.

Nacieron las Fiestas Típicas Gaditanas, un disfraz institucional que permitió mantener viva la tradición bajo el control del régimen. Aun así, la creatividad del pueblo se impuso, y autores como Paco Alba elevaron el género a su máxima expresión.

Con la llegada de la democracia, el Carnaval de Cádiz recuperó su nombre y su libertad.

En el año 1977 se celebró el primer carnaval democrático, y en 1980 llegó el reconocimiento internacional. Desde entonces, el Gran Teatro Falla se ha convertido en el templo de las agrupaciones que, año tras año, llenan el escenario de crítica, ingenio y emoción.

Hoy, el carnaval no solo es una fiesta: es una manera de entender la vida. En cada chirigota, comparsa, coro o cuarteto, Cádiz canta su historia con humor, ironía y verdad.

Cada febrero, la ciudad entera se disfraza de sí misma para recordarle al mundo que la risa, cuando nace del pueblo, también es una forma de resistencia.