Restos arqueológicos en Mesa Redonda.

Hallan en Sevilla una necrópolis única con tumbas que reescriben la Historia de los tartesios

Una fosa con 20 individuos revela nuevos datos sobre los antepasados de Tartessos  
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En la ladera sur del cerro Mesa Redonda, en el término sevillano de Villaverde del Río, un grupo de arqueólogos de la Universidad de Tubinga y del Instituto Arqueológico Alemán ha desenterrado un complejo funerario que está revolucionando el conocimiento de la Edad del Bronce en el suroeste peninsular.

El enclave, conocido como Siete Arroyos, ha sacado a la luz una necrópolis singular, con siete tumbas de tipologías distintas y una fosa colectiva utilizada como panteón durante generaciones, un hallazgo que rompe los esquemas tradicionales sobre las costumbres funerarias de los antepasados de los tartesios.

Los trabajos, desarrollados entre 2021 y 2023 bajo la dirección de Martin Bartelheim, Döbereiner Chala Aldana, Marta Díaz-Zorita Bonilla y Marius Knödel, se centraron en una zanja de 11 por 13 metros donde emergieron los restos mejor conservados.

En un espacio reducido aparecieron tumbas de pozo, cistas y estructuras colectivas, algo jamás documentado en el Bajo Guadalquivir para este periodo. Los arqueólogos califican el hallazgo como un “unicornio arqueológico” por su diversidad y grado de preservación.

Tres de las tumbas corresponden a enterramientos individuales, donde los cuerpos, dispuestos en posición fetal, apenas conservaban ajuares.

Otras dos estructuras de cista, formadas por losas verticales cubiertas con grandes lajas, ofrecieron evidencias más ricas: una vasija globular y un cuenco, objetos característicos del Bronce Pleno.

No obstante el descubrimiento más relevante ha sido la tumba 4, una cámara funeraria con un corredor de acceso en la que reposaban los restos de más de veinte individuos.

Los huesos estaban apilados y mezclados, señal de un uso prolongado como sepultura colectiva.

En este espacio se hallaron también los únicos objetos metálicos del conjunto: dos punzones de bronce y una vasija cerámica esférica, que han permitido fechar la ocupación entre 1880 y 1300 a. C., según los análisis de carbono 14 realizados en el laboratorio de Mannheim.

Estos resultados sitúan la necrópolis en un momento clave para el estudio del valle del Guadalquivir, hasta ahora con un registro funerario muy fragmentario frente a la abundancia de datos del sureste ibérico, dominado por la cultura de El Argar.

El hallazgo de Siete Arroyos representa, según los investigadores, “una oportunidad excepcional para comprender la transición cultural del Bronce Pleno al Bronce Final en el suroeste peninsular”.

Los vestigios de Tartessos en Mesa Redonda

En su informe, publicado en la revista Madrider Mitteilungen, los autores subrayan que la coexistencia de tumbas individuales y colectivas “no tiene precedentes conocidos” en esta zona.

Hasta ahora, solo se habían identificado pequeños cementerios de cistas como los de Setefilla o Chichina, sin rastros de enterramientos múltiples.

Además de la diversidad estructural, la conservación de los huesos ha permitido realizar estudios paleopatológicos. Los primeros análisis revelan una población con una salud dental precaria, marcada por caries, abscesos y pérdida de piezas en vida.

También se han detectado hipoplasias del esmalte, indicadores de episodios de malnutrición infantil, lo que aporta información valiosa sobre las condiciones de vida y alimentación de aquellas comunidades.

La estratigrafía del yacimiento muestra una evolución cultural continua: sobre las capas del Bronce Pleno se superponen niveles con cerámicas de bordes almendrados, propias del Bronce Final, sin rupturas bruscas.

Esta transición gradual sugiere un proceso de cambio interno más que una sustitución poblacional, una idea fundamental para comprender el surgimiento del complejo cultural conocido siglos después como Tartessos.

Los arqueólogos destacan, además, la relación entre la necrópolis y el poblado situado en la cima del cerro Mesa Redonda, donde se conservan estratos de ocupación que superan los diez metros de profundidad.

Bajo una de las tumbas de cista apareció incluso una estructura mural más antigua, indicio de una ocupación previa de la ladera.

Con este descubrimiento, el enclave de Siete Arroyos se perfila como un laboratorio privilegiado para estudiar la organización social, la movilidad y las prácticas funerarias de las comunidades que habitaron el valle del Guadalquivir hace cuatro milenios.

Los investigadores prevén retomar las excavaciones en los próximos años para ampliar el área de la tumba colectiva y seguir desentrañando los orígenes de una civilización que marcaría el nacimiento de Tartessos, el primer horizonte cultural de Occidente.

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