El Hospital de los Inocentes, la misteriosa 'Casa de los Locos' que funcionó en Sevilla durante cuatro siglos
El Hospital de los Inocentes de Sevilla: cinco siglos de historia en la atención a la locura
Durante más de cuatrocientos años, el Hospital de San Cosme y San Damián, más conocido popularmente como el "Hospital de los Inocentes" o también como "la Casa de los Locos", fue una de las instituciones más singulares de la Historia hispalense.
Fundado en el año 1436, este lugar -de sanidad mental- no solo fue el primer centro dedicado al cuidado de personas con enfermedades mentales en Sevilla, también fue uno de los pioneros en toda Europa occidental en especializarse en la atención a los dementes.
Su Historia, estrechamente ligada a la evolución del pensamiento médico, religioso y también social sobre la locura, refleja la transformación de la asistencia psiquiátrica desde la Edad Media hasta el siglo XIX.
Estaba en la Sevilla de intramuros, en la actual calle San Luis, el hospital fue fundado por Marco Sánchez de Contreras y su esposa, inspirados por la labor caritativa del fraile Gilarberto Jofré, pionero en la recogida de enfermos mentales en Valencia.
La institución nació con el firme propósito de “curar a los pobres enfermos faltos de juicio”, una expresión que sintetiza el espíritu benéfico y disciplinario de la época.
En el año 1471, Enrique IV otorgó un privilegio que consolidó su función como fue el permitir a los administradores recoger a los dementes de las calles y custodiar sus bienes para financiar la manutención de otros enfermos.
Décadas más tarde, los Reyes Católicos confirmaron así como también ampliaron dichos privilegios, situando al hospital bajo la protección de la Corona.
El edificio experimentó numerosas reformas y ampliaciones a lo largo de los siglos debido al aumento de pacientes y al deterioro de las instalaciones.
Finalmente, en el año 1840, las políticas de centralización sanitaria impulsadas por las autoridades sevillanas llevaron al traslado de todos los enfermos al cercano -en La Macarena hoy- Hospital de la Sangre —que será más tarde conocido como el popular Hospital Central—, poniendo fin a casi cuatrocientos años de historia institucional.
El estudio de los libros de entradas y defunciones, conservados en el Archivo de la Diputación Provincial de Sevilla, permite reconstruir la composición de su población asistida.
A lo largo de su historia, el hospital albergó mayoritariamente hombres, todos ellos procedentes de diversos estratos sociales. Muchos eran ingresados por solicitud de sus familiares, pero también los había remitidos desde el ejército, la Cárcel Real, el Santo Oficio o la Cárcel Arzobispal.
Algunos provenían de instituciones benéficas tales como bien pudieran ser la Casa de los Toribios o de diferentes cofradías. Aunque la mayoría eran sevillanos o andaluces, también se documentan pacientes de otras regiones españolas e incluso extranjeros residentes en la ciudad.
El tiempo de estancia más frecuente rondaba los cinco años, aunque existieron casos de internamientos de carácter prolongado de hasta dos décadas o hasta el fallecimiento del paciente.
La documentación distingue entre dementes de pago, a cuyos gastos eran sufragados por sus familias, y dementes de caridad, mantenidos con los recursos del propio hospital.
Entre las profesiones de los asilados destacaban los soldados, religiosos, criados y esclavos, lo que revela la amplitud social que tenía la locura en la Sevilla de la época así como otras enfermedades que se encuadraban erróneamente en la misma.
A partir de las Constituciones de 1700, el papel del médico se formalizó: debía certificar la existencia de “mal de demencia” como requisito previo al ingreso, aunque la decisión final recaía en el administrador y las autoridades judiciales o municipales.
Durante siglos, el diagnóstico fue impreciso. Los documentos se limitaban a describir comportamientos “sin razón” o “faltos de juicio”, sin una clasificación médica que fuera sistemática.
No obstante, con el paso del tiempo, se comenzaron a registrar términos más específicos como melancolía, manía, amentia, furor uterino o delirio febril, así estaban las cosas en aquella época.
Tratamientos contra la locura en Sevilla
Los tratamientos, aunque rudimentarios, reflejan las concepciones médicas de su tiempo. La sangría, que era practicada por el cirujano barbero, era uno de los procedimientos más comunes, con la finalidad de “debilitar la fuerza” del enfermo y reducir su agresividad, si se les "iba la mano" mataban la enfermo.
También se aplicaban otras "terapias" como las purgas, emplastos, aceites, bebidas calmantes y una larga lista de remedios herbolarios y minerales, desde el polvo de coral hasta el ungüento rosado o el agua de adormideras.
Se trataba de terapias basadas en la medicina galénica, que atribuía la locura a un desequilibrio de los humores corporales, era la creencia de los médicos.
El hospital no solo ofrecía atención médica, también daban custodia. Los documentos mencionan el uso de grilletes, cadenas, sacos de sarga o cinturones con candados para contener a los enfermos más violentos.
Pero con el paso del tiempo, la institución adoptó medidas más sociales y humanitarias. Se introdujeron aposentos separados, se procuró una mejor ventilación e iluminación, y se promovió el trabajo terapéutico como parte del proceso de recuperación.
La alimentación también mejoró, incorporando carne y alimentos ricos en nutrientes, siguiendo las nuevas teorías morales sobre el tratamiento de la demencia, de la locura en la época.
Funcionamiento interno de la "Casa de los Locos" de Sevilla
El funcionamiento interno del hospital revela una compleja estructura jerárquica que no muchos comprendían en su totalidad. En sus primeros siglos, la institución fue laica, pero a partir de 1700 adquirió un marcado carácter religioso.
El administrador, inicialmente laico, pasó a ser casi siempre un eclesiástico. Este cargo concentraba un poder considerable puesto que era la persona que decidía los ingresos y altas, regulaba las visitas, contrataba al personal y gestionaba los fondos.
Hasta finales del siglo XVII no recibía remuneración alguna, lo que explica los frecuentes casos de abusos y corrupción documentados.
Junto al administrador, el médico y el cirujano se encargaban del diagnóstico así como de todo lo que era el tratamiento físico, asistidos por un barbero y dos enfermeros.
La Madre Mayor, figura determinante y esencial, se ocupaba de la limpieza, la alimentación y el bienestar diario de los internos, además de custodiar las provisiones.
El capellán, designado por el rey, atendía las necesidades espirituales, celebraba misa y administraba los sacramentos.
Otros cargos menores, como el sacristán, el contador o el cobrador, garantizaban el funcionamiento administrativo y económico de la institución.
Las Constituciones de 1700 también fijaron los salarios así como todas las responsabilidades de cada oficio, aunque los sueldos permanecieron bajos, generando escasez de personal y sobrecarga de trabajo.
Aun así, el hospital mantuvo su compromiso de asistir a los enfermos mentales, en el que se mezclaba una función médica, asistencial y moralizadora que reflejaba la visión de la locura en la sociedad premoderna.
A finales del siglo XVIII y principios del XIX, las ideas ilustradas y las reformas sanitarias europeas comenzaron a influir en la política asistencial sevillana.
La locura empezó a concebirse menos como una un "suerte" de posesión demoníaca o un castigo divino y más como una enfermedad tratable. Bajo esa nueva óptica, se promovieron hospitales más amplios, higiénicos y especializados.
En el año 1840, el Hospital de los Inocentes cerró sus puertas definitivamente, y sus pacientes fueron trasladados al Hospital de las Cinco Llagas, en el que se inauguró un departamento de dementes un año después.
Medio siglo más tarde, la apertura del manicomio de Miraflores en el año 1890 completaría el tránsito hacia la psiquiatría moderna en Sevilla, que no estuvo exenta de polémica.
El legado del Hospital de San Cosme y San Damián permanece en el tiempo aunque sigue siendo muy desconocido y también como testimonio de la larga evolución del cuidado a la salud mental en España.
Su historia resume muy bien el paso del encierro caritativo al tratamiento científico, del control social al intento de comprensión del enfermo.
En sus muros se condensaron siglos de miedo, compasión y búsqueda de sentido frente a la locura, reflejando el esfuerzo de una ciudad por mirar de frente a sus “inocentes” así como el poder ofrecerles, dentro de los límites de su tiempo, un espacio para sanar.
Quizás todo ello explique los fenómenos paranormales descritos por los testigos en este lugar, pero eso ya es otra historia...